La Facultad de Educación ha entrado en una crisis institucional irreversible. Nunca como ahora se evidenció la abismal diferencia que existe entre la visión estructural que sobre la Facultad tienen estudiantes y la mayoría de los profesores (con honrosas excepciones). Ambas visiones no guardan relación en nada. Unos, piden a gritos un cambio de rumbo que permita mejoras y soluciones a los múltiples problemas que aquejan a esta Facultad; otros, solo quieren terminar de asegurar su jubilación, sin ningún compromiso con las generaciones de relevo, ni su debida preparación. Unos votaron, movidos de energía, conciencia e ímpetu juvenil por una Facultad nueva y libre de fronteras; otros, en oscuras componendas, mandaron de paseo algo llamado dignidad y supieron poner precio a sus votos. Asegurando el bienestar de la tripa, no les fue difícil desentenderse del bienestar colectivo. Mientras la crisis institucional se profundiza, unos están dispuestos a buscar y dar con las soluciones, otros le dieron un giro distinto al viejo refrán aquel, sin despojarlo de su profunda verdad cargada de ironía: a barriguita llena, profesor contento… (el bozal de arepas asegura el silencio).